De la monarquía y los panegíricos

Estos días se multiplican los opinadores que glosan la trayectoria del rey sin ahorrar elogios y que destacan el carácter indispensable de la Corona para el sistema político español. En los principales medios de comunicación prolifera información periodística de todo tipo que demostraría el amplísimo apoyo social a la sucesión dinástica de Juan Carlos I en favor del príncipe Felipe. Ahora bien, ¿es la monarquía imprescindible en nuestra comunidad política? ¿Qué atribuciones constitucionales tiene el rey? ¿Tan incuestionable es la mayoría ciudadana que apoya esta forma de Estado?
Los partidarios de la monarquía defienden que la Corona es un pilar esencial para garantizar la estabilidad del sistema institucional y para sostener la democracia como forma de gobierno.
En la Constitución se establecen las tres funciones básicas del rey: es símbolo de la unidad y la permanencia del Estado español; ejerce la más alta representación de España en las relaciones internacionales; y arbitra y modera el funcionamiento de las instituciones del sistema político. ¿Son estas funciones —en especial la última— patrimonio exclusivo de quien siendo miembro “de la dinastía histórica” ​​accede a la dirección del Estado por herencia y de forma vitalicia? Pocos niegan la importancia del papel que jugó Juan Carlos I durante la Transición en favor de la estabilidad política y de la moderación de actores clave de la entonces joven democracia española. Sin embargo, 37 años después de las primeras elecciones democráticas y 33 desde el golpe de 1981, se hace difícil pensar que el miembro de una dinastía real —por el mero hecho de serlo—sea la única persona capaz de desempeñar las responsabilidades que conlleva ser jefe de Estado.

La monarquía puede ser considerada un pilar esencial de la democracia en España. De hecho, así lo refleja la Constitución en asimilar su reforma potencial (el cambio de 10 artículos) a una modificación total de la norma fundamental (cambiar 169). Sin embargo hay que reconocer que estamos ante una institución que tiene un encaje difícil en los principios democráticos. Si evitamos la tentación de resolver la cuestión limitándonos a decir que la monarquía dispone de legitimidad democrática porque su existencia se recoge en la Constitución (se calcula que menos de una cuarta parte de los españoles de hoy la han votado), podemos llegar a algunas conclusiones sobre la difícil coexistencia entre la Corona y la democracia.
En primer lugar, a diferencia del resto de los titulares de instituciones de mayor rango en el orden político (como las Cortes Generales, la presidencia del Gobierno, el Consejo General del Poder Judicial o el Tribunal Constitucional), el rey no es elegido por los ciudadanos, ni directa ni indirectamente. Segundo, contra lo que se dice, el rey no es una figura ajena al proceso político y puede alterar el equilibrio entre poderes: el monarca tiene dos atribuciones constitucionales que —en caso de considerarlo oportuno— le permiten influir directamente en el poder ejecutivo. Después de unas elecciones generales, el rey puede proponer en el Congreso como candidato a la presidencia del Gobierno quien considere que tiene más posibilidades de formar una mayoría para gobernar. Esta facultad no está limitada por ningún otro apremio —como por ejemplo, proponer el candidato de la fuerza política que haya ganado las elecciones— que permitiría una alta discrecionalidad del monarca en el caso de un Congreso altamente fragmentado. Además, el rey puede presidir reuniones del Consejo de Ministros cuando lo estime oportuno con el objetivo que considere conveniente, lo que hasta ahora ha hecho sólo de forma protocolaria en la primera reunión del Consejo en el inicio de cada legislatura. Tercero, el rey no es responsable político de sus decisiones y es un sujeto inviolable desde el punto de vista penal. Por esta razón y, a pesar de que no puede actuar válidamente solo en la mayor parte de los casos, el jefe de Estado queda fuera del control democrático (sobre todo en aquellas ocasiones en que sus actos no están refrendados) y no puede ser en ningún caso ni imputado, ni procesado ni condenado. Así, si el monarca cometiera algún error en su papel de moderador del funcionamiento de las instituciones o, por ejemplo, infringiera el código penal, no debería rendir cuentas ante ningún órgano ni institución, ni debería responder ante la justicia (a diferencia, por ejemplo, de su hija y del resto de ciudadanos).

Finalmente, nos planteamos la pregunta de si el apoyo a la monarquía es tan incondicional como se deriva de los editoriales que publican estos días los principales medios de comunicación: si usamos datos empíricos, comprobaremos que el grado de aceptación de la Corona por parte de la opinión pública se sitúa muy lejos del 90 % de parlamentarios que anuncia que votarán a favor de la ley de abdicación en pocas semanas. El grado de confianza en la institución ha disminuido un 54,16 % desde 1994, año en el que los ciudadanos la valoraron con 7,46 puntos sobre 10. Desde octubre de 2011, la institución suspende en todos los sondeos del CIS y, después del mínimo histórico de abril de 2013 (3,68), actualmente el grado de confianza se sitúa en el 3,72. En el barómetro de abril de 2014, la monarquía es la institución que más aceptación pierde en términos absolutos (1,17 puntos) y la tercera en términos porcentuales (-23,93%). Actualmente, la sociedad española confía más en el Defensor del Pueblo (3,87), los medios de comunicación (4,51), las Fuerzas Armadas (5,29), la policía (5,70) o la Guardia Civil (5,78) que en la monarquía.

Enric Miravitllas

De la monarquia i dels panegírics

Aquests dies es multipliquen els opinadors que glosen la trajectòria del rei sense estalviar elogis i que destaquen el caràcter indispensable de la Corona pel sistema polític espanyol. En els principals mitjans de comunicació hi prolifera informació periodística de tota mena que demostraria l’amplíssim suport social a la successió dinàstica de Juan Carles I en el príncep Felip. Ara bé, la monarquia és imprescindible en la nostra comunitat política? Quines atribucions constitucionals té el rei? És tan inqüestionable la majoria ciutadana que dóna suport a aquesta forma d’Estat?

Els partidaris de la monarquia defensen que la Corona és un pilar essencial per a garantir l’estabilitat del sistema institucional i per a sostenir la democràcia com a forma de govern.

La Constitució estableix que el rei té tres funcions bàsiques: és símbol de la unitat i la permanència de l’Estat espanyol; exerceix la més alta representació d’Espanya en les relacions internacionals; i arbitra i modera el funcionament de les institucions del sistema polític. Són aquestes funcions —en especial la darrera— patrimoni exclusiu de qui sent membre “de la dinastia històrica” accedeix a la direcció de l’Estat per herència i de forma vitalícia? Pocs neguen la importància del paper que va jugar Juan Carles I durant la Transició a favor de l’estabilitat política i per a la moderació d’actors clau de la llavors jove democràcia espanyola. Tanmateix, 37 anys després de les primeres eleccions democràtiques i 33 des del cop de 1981, es fa difícil pensar que el membre d’una dinastia reial —pel sol fet de ser-ho— sigui l’única persona capaç d’exercir les responsabilitats que comporta ser cap d’Estat .

La monarquia pot ser considerada un pilar essencial de la democràcia a Espanya. De fet, així ho reflecteix la Constitució en assimilar la seva reforma potencial (el canvi de 10 articles) a una modificació total de la norma fonamental (canviar-ne 169). Tanmateix cal reconèixer que estem davant d’una institució que té un encaix difícil en els principis democràtics. Si evitem la temptació de resoldre la qüestió limitant-nos a dir que la monarquia disposa de legitimitat democràtica perquè la seva existència es recull en la Constitució (es calcula que menys d’un quart dels espanyols d’avui l’han votada), podem arribar a algunes conclusions sobre la difícil coexistència entre la Corona i la democràcia.

En primer lloc, a diferència de la resta de titulars de les institucions de major rang en l’ordre politicoinstitucional (com les Corts Generals, la presidència del Govern, el Consell General del Poder Judicial o el Tribunal Constitucional), el rei no és elegit pels ciutadans, ni de forma directa ni indirecta. Segon, contra el que es diu, el rei no és una figura aliena al procés polític i pot alterar l’equilibri entre poders: el monarca té dues atribucions constitucionals que —en cas de considerar-ho oportú— li permeten influir directament en el poder executiu. Després d’unes eleccions generals, el rei pot proposar en el Congrés dels Diputats com a candidat a la presidència de Govern qui consideri que té més possibilitats de formar una majoria. Una facultat que no està limitada per cap altre constrenyiment —com per exemple proposar el candidat de la força política que hagi guanyat les eleccions— i que permetria una alta discrecionalitat del monarca en el cas d’un Congrés altament fragmentat. A més, el rei pot presidir reunions del Consell de Ministres quan ho estimi oportú amb l’objectiu que consideri, cosa que fins ara ha fet només de forma protocol·lària en la primera reunió del Consell a l’inici de cada legislatura. Tercer, el rei no és responsable polític de les seves decisions i és un subjecte inviolable des del punt de vista penal. Per aquesta raó, i malgrat que no pot actuar vàlidament sol en la major part dels casos, el cap d’Estat queda fora del control democràtic (sobretot en aquelles ocasions en què el seus actes no estan contrasignats) i no pot ser en cap cas ni imputat, ni processat ni condemnat. Així, si el monarca cometés algun error en el seu paper de moderador del funcionament de les institucions o, per exemple, infringís el codi penal, no hauria de rendir comptes davant de cap òrgan ni institució, ni hauria de respondre davant la justícia (a diferència, per exemple, de la seva filla i de la resta de ciutadans).

Finalment, ens plantejàvem la pregunta de si el suport a la monarquia és tan incondicional com se’n deriva dels editorials que publiquen aquests dies els principals mitjans de comunicació: si fem servir dades empíriques, comprovarem que el grau d’acceptació de la Corona per part de l’opinió pública se situa molt lluny del 90 % de parlamentaris que s’anuncia que votaran a favor de la llei d’abdicació d’aquí poques setmanes. El grau de confiança en la institució ha disminuït un 54,16 % des de 1994, any en què els ciutadans la van valorar amb 7,46 punts sobre 10. Des d’octubre de 2011, la institució suspèn en tots els sondejos del CIS, i després del mínim històric d’abril de 2013 (3,68), actualment el grau de confiança se situa en el 3,72. En el baròmetre d’abril de 2014, la monarquia és la institució que més acceptació perd en termes absoluts (1,17 punts) i la tercera en termes percentuals (-23,93 %). Actualment, la societat espanyola confia més en el Defensor del Poble (3,87), els mitjans de comunicació (4,51), les Forces Armades (5,29), la policia (5,70) o la Guàrdia Civil (5,78) que en la monarquia.

Enric Miravitllas