El auge de los partidos populistas de derecha radical en Europa: claves interpretativas

¿Son fascistas las organizaciones europeas de derecha radical populista?

Uno de los fenómenos politológicos de mayor trascendencia en los últimos veinte años en Europa ha sido la reconversión de la extrema derecha o derecha radical -o creación ex novo, como la italiana Lega Norte- de una nueva agrupación o familia de partidos: los partidos populistas de derecha radical (FN / MNR en Francia; FPÖ en Austria, Vlaams Belang en Bélgica, etc.). Estos partidos, que han conseguido superar el ostracismo político, la demonización ideológico-cultural después de la derrota del fascismo en 1945 e instalarse en los sistemas de partidos con más o menos fortuna, se han convertido en actores relevantes que hay que tener en cuenta en las contiendas electorales, desde los ámbitos municipales en el Parlamento Europeo. Por estas circunstancias se abren una serie de interrogantes: ¿A qué se debe el “éxito” de estos partidos? ¿Son herederos directos de los años treinta y, por tanto, vuelve el “fascismo”? ¿Ha desaparecido la cultura antifascista? Teniendo en cuenta, sobre todo, el acceso al poder de algunas de estas fuerzas políticas (Lega Nord / FPÖ), su influencia en la agenda política y en los discursos políticos de otros partidos (fundamentalmente los de centro o conservadores) y el hecho de realizar un cuestionamiento radical de los principios democráticos avanzados -y antifascistas- que han informado las sociedades occidentales que han implementado políticas redistributivas de los Estados de Bienestar, sumándose así a la cultura y políticas públicas neoliberales hegemónicas desde los últimos decenios del siglo XX hasta nuestros días.
No se entienden los nuevos fenómenos políticos con esquemas interpretativos anticuados. Los fascistas de los años treinta han dejado este mundo. Sus herederos se han sofisticado, han cambiado los viejos uniformes por trajes de Armani. Han aceptado el liberalismo, la legalidad democrática y no han creado grupos paramilitares, pero siguen siendo una grave amenaza para la convivencia democrática ya que basan sus discursos y propuestas políticas antinmigrantes en la xenofobia . Su concepción de la democracia es formalista, excluyente e intolerante, pretenden imponer un modelo etnoliberal y excluir de los beneficios sociales del sistema a todos aquellos que no estén incluidos en la categoría jurídico-política como miembro de la comunidad nacional. Difunden discursos del odio y levantan la bandera de la “preferencia nacional”. Obviamente, en un mundo globalizado y con constantes flujos de población, este es el camino de la confrontación interétnica y de la no convivencia democrática.

¿Qué parámetros analíticos debemos utilizar para comprender adecuadamente a estos partidos?

La expansión de estas fuerzas políticas es un exponente de las profundas transformaciones estructurales, económicas, sociales, culturales e ideológicas que están teniendo lugar en las sociedades en las que surgen. A realidades postindustriales postfordianes corresponden ofertas políticas posmodernas (no es casualidad que, de éstas, las propuestas ideológicas más enfrentadas sean las de los partidos verdes y las de los populistas de derecha radical). Por este motivo, si queremos entender qué está pasando, debemos analizar, casi con más detenimiento, las demandas sociales a las que las ofertas de estos partidos pretenden dar respuesta.
El auge de los partidos populistas de derecha radical ha sido interpretado bien en clave del análisis clásico del populismo como patología de la democracia, o bien etiquetándolos precipitadamente de fascismo más o menos camuflado. El primer análisis adolece de un planteamiento elitista ya que, en el fondo, parte de la convicción de que las masas populares, siempre irracionales/emotivas e infantiles, son obnubiladas, sistemáticamente, por demagogos oportunistas que atacan el racional (y fantástico) sistema democrático representativo. Mientras que el segundo enfoque demoniza el fenómeno para así poder exorcizar verbalmente. Ambos análisis son herramientas conceptuales que impiden entender, entre varias cuestiones, contradicciones y miserias de todo tipo de nuestras sociedades democráticas desarrolladas y porqué estas organizaciones políticas consiguen un apoyo electoral y una empatía social que rebasa factores sociológicos e ideológicos. Sumando, a la vez, votos de protesta y de adhesión de parados o de los que tienen o creen tener amenazado su estatus y de parte de los triunfadores de la globalización, los herederos o epígonos del fascismo y los ninistas, que afirman que no son ni de derechas ni de izquierdas. Esta transversalidad y pluralidad de intereses de sus electores explicaría, en parte, las incoherencias programáticas: proneoliberalismo y antineoliberalismo; anti-Estados de Bienestar y pro ayudas sociales; ultraconservadores y radicales; ultranacionalistas y pro Europa federal. Incoherencias que se compensan (como en los años treinta del siglo XX) con una fuerte carga emocional y simbólica de sus prácticas y símbolos políticos.
Las organizaciones objeto de nuestro análisis han aparecido como una respuesta política que surge directamente de las contradicciones del sistema, no son una patología sino un notario que levanta acta de una realidad existente determinada. Son respuestas políticas a sucesivas crisis sistémicas producidas por las profundas transformaciones socioeconómicas y sus consiguientes problemas de ajuste, reconversiones socioeconómicas (como la transformación del mercado laboral) y crisis de identidad de sociedades pluriétnicas y multiculturales. Son organizaciones políticas posfascistas que han adoptado el populismo como un método o estilo exitoso de actuación política y de movilización social y política, según unas mismas ideas nucleares o ejes centrales del discurso: inmigración, paro e inseguridad.
El discurso político populista más recurrente afirma que las élites políticas, económicas y culturales han traicionado al pueblo, a la patria y sólo se preocupan por sus propios intereses. Por este motivo el pueblo debe organizarse para que la comunidad nacional recupere el bien común. Un amplio movimiento suprapartidista y supraclasista lo conseguirá (como en los años treinta del siglo pasado). Sólo hay que seguir el recto sentido común de las clases populares y su certero instinto de quiénes son sus amigos (los políticos populistas de derecha radical) y quiénes sus enemigos (el resto de la clase política y los poderosos social y económicamente). Si el movimiento político nacional triunfa sobre sus enemigos, se conseguirá solucionar conflictos de todo tipo en armónica convivencia de los ciudadanos nacionales.
Como es obvio, estas creencias sobre las angelicales cualidades del ciudadano común y la demoníaca perversidad de sus opresores es un reduccionismo demagógico utilizado por los dirigentes de estos partidos para asegurarse una amplia base social popular. La ambigüedad doctrinal traspasa las barreras ideológicas y sociológicas, establece unos enemigos fácilmente detectables y plantea soluciones fáciles a problemas complejos. Esta ambigüedad se produce en contextos históricos de profundas transformaciones sistémicas conflictivas, de deslegitimación política de las clases dirigentes y hegemonía ideológica de los valores democráticos. De esta forma, los partidos populistas de derecha radical levantan la bandera de la auténtica democracia secuestrada por las élites traidoras, algo parecido a lo que los partidos fascistas hicieron con el socialismo.

¿Cuáles son los factores explicativos más relevantes?

Los déficits democráticos serían, si nuestro análisis es correcto, la clave explicativa de la expansión política de estos partidos. La democracia, no como mero procedimiento sino como meta, sigue teniendo una gran capacidad de movilización social en un contexto de crisis económica, consiguiente crisis social y deslegitimación de la clase política que la corrupción sistémica multiplica. Los principios doctrinales democráticos avanzados (incluso constitucionalizados en los países que se definen constitucionalmente como los estados sociales y democráticos de derecho) entran en flagrante contradicción práctica en unas sociedades capitalistas/clasistas en que la maximización de las inversiones es el motor de la sociedad y los costes de la crisis se han hecho recaer sobre los sectores populares, al haber aumentado las rentas del capital en detrimento de las del trabajo y haber crecido exponencialmente las desigualdades y la pobreza. Así pues, dado que la crisis es, hoy en día, estructural y coyuntural a la vez, esto explicaría la consolidación y expansión en Europa de las formaciones políticas estudiadas. A los problemas no resueltos de la modernidad se han unido los de la posmodernidad (hiperindividualismo, crisis de identidad por pérdida de soberanía económica, política y cultural, problemas derivados de la inmigración, sociedad de los dos tercios, nueva pobreza etc.).
Los partidos populistas de derecha radical serían, pues, partidos “atrápalo todo” de protesta que expresan el malestar anímico -sobre todo económico pero también político y psicológico- de unas sociedades en fase de cambios acelerados y donde la metafísica populista de un pueblo idealizado ha unido la metafísica nacionalista de la comunidad nacional en crisis de identidad. Esto supone que a los votos de protesta y de los sectores favorecidos por la globalización se unen otros votos, minoritarios, de adhesión: los provenientes de la reconversión populista de la extrema derecha. Siendo su aglutinante homogeneizador la xenofobia antinmigrante (los cabezas de turco) y los conservadores planteamientos autoritarios de ley y orden.
Las diferencias respecto de los fascismos clásicos (1919-1945) son primordiales. La fuente de legitimidad de las formaciones populistas de derecha radical en una actuación de gobierno real o hipotética sería un criterio pragmático: la eficacia en la gestión. Mientras que la legitimidad fascista consistía en su adecuación con unas inexorables leyes de la naturaleza por las que la comunidad nacional o racial debía desarrollar una trascendental misión en pro de la Humanidad. Se trata, en resumen, de formaciones políticas de distinta índole que pueden ser calificadas de derecha radical modernizada, posfascista, reservándose el término “neofascismo” para otra tipología o subfamilia de partidos. En unas sociedades occidentales de hegemonía liberal hiperindividualistas y en fases aceleradas de globalización económica y cultural, los neopopulismos levantan la bandera de la comunidad y consiguen convertirse en auténticas formaciones neoproletarias por los apoyos sociales que en parte reciben, normalmente, parados, hombres jóvenes, poco instruidos y que habitan en sectores sociales degradados. A estos hay que añadir un sector urbano radicalmente diferente: las clases medias triunfadoras de la reconversión tecnificación de un globalizado sistema productivo. Es una alternativa sincrética de derecha radical en las miserias, contradicciones y nuevas fracturas sociales de las sociedades postindustriales, como en su día el fascismo clásico fue una alternativa revolucionaria/conservadora de derecha radical en las miserias, contradicciones y fracturas sociales del primer tercio del siglo XX. En ambos casos es una respuesta, en parte de éxito, a la dictadura del proceso de producción continuo o total. Proceso al que hay que añadir el pensamiento único, fabricante de hombres unidimensionales socializados por la publicidad y que retroalimentan y mantienen el sistema con su trabajo, desideologización, creciente infantilización y compras compulsivas. Como afirma el MNR (escisión del FN francés) en su programa, “se trata de dar una respuesta a una sociedad en la que el pueblo se ha metamoforseado en una locura de individualidades solitarias.”
Las organizaciones populistas de derecha radical analizadas, desde una perspectiva politológica, son formaciones de derecha radical que han asumido del neoliberalismo o neoconservadurismo sus valores, la cultura, las tácticas y estrategias exceptuando dos cuestiones: la primacía de lo individual sobre lo colectivo y la preponderancia de la economía sobre la política. Su alternativa es una sociedad de mercado, tan desregularizado en el ámbito territorial propio como regularizado en el plano internacional, en la que los que no pertenecen a la etnia propia, los “otros” -individuos clasificados como extranjeros- sean lo proletariado (como nuevos ilotas de la posmodernidad), excluido de las ventajas políticas, económicas y sociales a las que tienen derecho los ciudadanos de primera, los nacionales. Un socialdarwinismo institucionalizado y explícito, validado democráticamente por unos satisfechos (la “sociedad de los dos tercios”) del sistema. Este sector de población favorecida que se quiere ampliar en la medida de lo posible con los sectores populares nacionales. Se pretende sustituir los viejos lemas de libertad, igualdad y fraternidad (etnoexcluyente) y xenofobia territorializada e internacional, reciclando los valores tradicionales e instaurando, una vez fallecido el totalitarismo fascista por inviable, el máximo autoritarismo que un sistema formalmente democrático pueda permitir como contrarrevolución silenciosa.

 Joan Antón-Mellón
Catedrático de Ciencia Política y de la Administración
Universidad de Barcelona

(Publicado en Revista Nous Horitzons, número 208, “Europa a cop de murs”)
Bibliografia básica:

*Antón-Mellón, Joan (Coord.): El fascismo clásico (1919-1945) y sus epígonos, Tecnos, Madrid, 2012.

*Delwit, Pascal: Le Front national. Mutations de l’ extreme droite française, Editions de l’Université de Bruxelles, Bruxeles, 2012.

*Mudde, Cas: Populist Radical Right Parties in Europe, Cambridge University Press, Cambridge, 2007.

*Norris, Pippa: Derecha Radical. Votantes y partidos políticos en el mercado electoral, Akal, Madrid, 2009.

*Rydgren, Jens: The Populist Challenge: Political Protest and Ethnonationalist Mobilization in France, Berghahn Books, New York/Oxford, 2004.

*Simón, Miguel Angel: La Extrema Derecha en Europa desde 1945 a nuestros días, Tecnos, Madrid, 2007.

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