Jerusalén arde: “una ciudad, dos capitales”

Jerusalén arde. Desde hace ya cuatro meses una ola de disturbios ha arrasado Jerusalén Oriental y, a esta alturas de los acontecimientos, nadie puede predecir adónde nos conducirá. Este levantamiento posee características muy particulares: es espontáneo, carece de liderazgo y está dirigido casi exclusivamente por adolecentes y jóvenes que no llegan a los veinte años. Todo estalló el 3 de julio con el brutal asesinato de Muhamad Abu Khder, un joven de dieciséis años, y cobró dimensiones descomunales durante la guerra en Gaza. Desde aquel entonces, la violencia se ha extendido por todo Jerusalén Oriental y la torpe reacción israelí, basada sola y exclusivamente en el uso de fuerza policial, incrementada por una serie de pésimas decisiones gubernamentales -como permitir que los colonos se apropien de edificios en la aldea de Silwan o, lo que es mucho más peligroso, permitir la entrada de judíos nacionalistas a la Explanada de las Mezquitas durante las fiestas hebreas de octubre-, alimentaron las llamas hasta un punto que nadie sabe ahora cómo contener. Una buena descripción de los acontecimientos se puede leer en Al-Monitor. Si bien no podemos predecir como acabará todo este proceso, los efectos parciales de este levantamiento ya son evidentes: la fórmula “Jerusalén, capital eterna y unificada de Israel”, ha colapsado, fracasado, rotundamente. El único problema es que el gobierno israelí todavía no se ha percatado.

La reacción israelí ha sido sumamente severa y exagerada. Se debe a que los jóvenes insurgentes han desafiado al gobierno israelí, atentando contra la autoridad y, para el gobierno israelí la estabilidad de sus instituciones depende de la recomposición de su imagen de autoridad y del reestablecimiento del equilibrio de fuerzas entre israelíes y palestinos. El objetivo de la represión no es restablecer el orden, sino restituir el temor y volver a grabar en la carne de los palestinos el precio que deben pagar por desobedecer las reglas israelíes y osar desafiar su autoridad. Dichas redadas, que encajan dentro de lo que podría calificarse como actos de terror estatal, han incluido arrestos multitudinarios, inundar las calles de cantidades imprecedentes de gases lagrimógenos y fluidos nauseabundos, demoliciones de viviendas, confiscación de vehículos por deudas a instituciones estatales, clausura de comercios y hostigar a los padres de familia para obligarles a refrenar a sus hijos, porque de lo contrario deberán pagar multas personales cada vez que sus hijos se manifiesten. Volvamos a recalcarlo: el objetivo de las redadas no es restablecer el orden, ya que es de esperar que con las próximas lluvias los disturbios se irán desgastando por sí solos, sino restituir el miedo, piedra angular de todo sistema totalitario.

Pero aunque la policía lograra reprimir este levantamiento, el desgastado mantra que Israel repite desde la anexión de Jerusalén Oriental en 1967, la “Jerusalén unificada”, ha perdido vigencia. Hoy día, no hace falta ser un “izquierdista” para reconocer que Jerusalén está más dividida que nunca, que los muros invisibles entre las dos partes de la ciudad son más altos que los que antes dividían la ciudad y que los residentes palestinos no están dispuestos a vivir toda la vida bajo las botas de la ocupación israelí. Lo paradójico es que durante 65 años Israel ha hecho todo lo posible para que este modelo no funcione. Políticas municipales discriminatorias, humillaciones y aberraciones sistemáticas son el caldo de cultivo en el cual crecieron los jóvenes que en estos precisos momentos están apredreando todos los símbolos de soberanía israelí que se cruza en su camino. Este estallido era de esperar. Todos aquellos que conocen la realidad en el terreno sabían que era cosa de tiempo que se produjera la explosión: demasiados pirómanos andan sueltos en esta ciudad como para poder evitarlo. Los últimos acontecimientos en la Explanada de las Mezquitas, o el Monte del Templo como lo denominan los israelíes, han agregado al conflicto político una dimensión religiosa implacable. En otras ocasiones ya he escrito que Jerusalén es una “no-ciudad”, por falta de denominador común entre sus habitantes y la excesiva politización de las relaciones humanas. En un clima tan tenso no se puede constituir una ciudad sana, un espacio en el que haya un mínimo sentimiento de pertenecia y solidaridad. Es por ello que el modelo de “la ciudad unificada” no tiene futuro y si puntualmene las fuerzas polciales lograran restaurar el orden, no cabe duda de que volverá a estallar.

Jerusalén debe dividirse indefectiblemente y lo antes posible. Dada la complejidad del entramado espacial, esta división requiere un alto grado de creatividad y buena voluntad. Las dos partes de la ciudad están tan entrelazadas que es casi imposible dividirla territorialmente y no hay forma de trazar una línea divisoria coherente. Es por ello que la solución pasa por una división funcional de la ciudad, o sea, la creación de dos municipalidades en un mismo espacio territorial: la parte occidental se constituiría en la capital del Estado de Israel, mientras que la parte oriental se constituirá en capital del Estado Palestino, cuando se constituya, y ambas capitales comparartirán una ciudad unificada, sin fronteras ni murallas que separen sus dos partes. Este modelo organizativo puede parecer irrealizable a primera vista. Efectivamente, es complejo y tampoco hay antecedentes de ciudades binacionales, en las cuales funcionen dos capitales para dos naciones. Pero el hecho de que no existan precedentes no significa que la idea sea ilusa e imposible de ejecutar. Partiendo de la base de que no hay otra solución factible, debemos movilizar todas nuestras energías y creatividad para que esta fórmula sea viable.

Pero tal como hemos dicho al principio, el gobierno israelí todavía no se ha percatado de que la ciudad deberá ser dividida. Para ello necesitamos, tal como venimos repitiendo ya hace mucho, la ayuda de la comunidad internacional. El futuro de Jerusalén es un tema demasiado importante para dejarlo en manos de los políticos israelíes.

Meir Margalit
Doctor en Historia, residente en Jerusalén y militante del movimiento por la paz israelí.
(Este artículo ha sido cedido por su autor a la revista Sinpermiso y a l’Escola de Pensament Crític)

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